La Feria / Sr. López

En un abrir y cerrar de twitter
No sencillo pero sí simple el modo como regresó el PRI a Los Pinos, sin conjuras secretas en templos de sótano, ni sectas centenarias operando. Va en desorden:
Los que pueden y por eso son dueños del país, al despuntar Peña Nieto, catapultado desde el gobierno del estado de México, con el añadido impulso inercial de las pifias y la más enorme estupidez política de la derecha panista al poder, sin necesidad de reunirse ni pactar nada, hartos de parálisis,  oportunidades perdidas, inseguridad, riesgos crecientes y freno al desarrollo de sus intereses, lo apoyaron no oponiéndose, y ya después algunos se comprometieron con él, de uno en uno, con el aliento de las promesas formales garantizadas por 70 años de coherente historia priísta de complicidades triunfales. Y así vimos llegar a los que todo tienen, tímidos primero, en tropel después, a abrevar en el Jordán milagroso del poder que sí se ejerce, echándose ansiosos y febriles a esas aguas redentoras como manada de búfalos sedientos de oro y privilegios que serán otra vez cumplidamente efectivos.
A su tiempo el priísmo nacional que parecía definitivamente liquidado después del deshonroso tercer lugar de la derrota de Madrazo, al percibir el aroma del dinero, abrió un ojo en su ataúd, como Drácula al ocultarse el Sol, y echó a andar como Frankenstein -torpe en lo que recuperaba el garbo- por la vieja senda que conduce rumbo al manantial de los inagotables recursos disponibles a campañas y candidatos, dineros de los que aclarar su origen es majadería, siendo de todos sabida su fuente rejuvenecedora en la promisoria tierra del chorizo.
Adoptaron los priístas con la sólida fe que da el dinero, el evangelio según San Quique y salieron a predicar la buena nueva mexiquense, sólidamente respaldados por la televisión y la propaganda en prensa, desechando sin rubores la dirigencia que los mantuvo a flote y los regresó a la liguilla del poder, la de Beatriz Paredes, estelar patrona de la mal fario político, hoy embajadora de México en Brasil, añejo destierro dorado del más antiguo recetario tricolor.
En el priísmo cundió el peñanietismo, incontenible como contagio colectivo de pie de atleta en regaderas de gimnasio de pelados: alianzas en los estados y en el Congreso federal; todos con Peña Nieto, todos con el inexistente Grupo Atlacomulco que no hace falta que exista mientras resucite políticos, vitamine ambiciones, conceda deseos, respalde prospectos. Para todos hubo apoyo si probaban eficiencia electoral, disciplina -no tanto partidista, pero obligatoriamente peñista-, y hasta fétidos como ulises ruiz, accedieron a la milagrosa arca de la alianza tricolor: la maleta de los billetes, tan milagrera.
Por supuesto los priístas aceptaron con alivio el regreso de las viejas y conocidas tradiciones que incluyen el sacrificio ritual del que estorbe (¡a güevo!), pregúntenle a Moreira, o la Ma’Baker Gordillo, junto con la más cordial bienvenida de cualquiera que aporte a la reconstrucción de la Babel tricolor, priísta o no priísta, en la que se confunden idearios, intenciones y proyectos, torre que sí alcanzó el cielo, el del poder recuperado.
Si los primeros 70 años en el poder resultaron de un pacto de generalotes y líderes que se repartieron equitativamente rebanadas de poder según la capacidad de cada uno, de control de segmentos de país o sectores de la sociedad, creando un partido que institucionalizó la revolución y a todos cobijó, bajo la única premisa de la disciplina; que a todos aseguró impunidad y lo más importante, a todos garantizó la permanencia en el privilegio -ése sí institucionalizado-, ahora, de nueva cuenta, “mutatis mutandi”, reciclan la fórmula como Pacto por México, maniobra que vino del sur, arrojo y audacia que logró un nuevo arreglo, ya no de militarotes ni desdentados líderes obreros, sino de cabezas de partidos, de los tres partidos.
Remata esta espiral de buena suerte, el alborozo del tío Sam que ve renacer su esperanza de contar otra vez con un grupo que eficazmente conduzca nuestros asuntos en concordancia con su proyecto hegemónico que no se conforma con la más franca alianza y exige asegurar nuestros recursos como reserva estratégica de los EUA; que nuestra soberanía no sea autonomía; que se hagan los cambios que necesite nuestra Constitución a fin de poder intervenir cuando les parezca necesario, en lo que les parezca necesario, transformados en los hechos en colonia económica yanqui, ¡al fin!, aunque se haya perdido un siglo entero, que bien vistas las cosas y sin haberlo planeado así, les salió mejor, pues de haber conseguido en 1927 lo que querían, tendrían ahora entre manos un Puerto Rico de 2 millones de kilómetros cuadrados, 120 millones de pelados y el Peje haciendo plantones en la Pennsylvania Avenue, frente a la Casa Blanca. Dios ayuda a los malos cuando tienen más dinero que los buenos.
Y, todo eso tan importante para tantos gallos y para los inmensos intereses yanquis, todo, en riesgo por las exhibidas que se dan los nuevos inquilinos de Los Pinos (“no te preocupes Rosario”), y las que les dan sus paniaguados, sean ladies de Profeco, mexiquenses echadores regados en gobiernos estatales o diputados con Mercedes sin placas en el Congreso. Agitan y revuelven las aguas sin ninguna necesidad, al impulso de su estúpida soberbia de clase que se sabe aparte y por encima del resto (igual que tener como secretario de administración de la Cámara de Diputados federal al señor Farah Gebara, sea como sea el señor, que igual revive las sospechas del asunto aquél tan triste, el de la niña Paulette).
México hoy no es el México de Obregón (ni Peña Nieto es Calles… ni cerca), se corrigen estos visibles signos del peor priísmo, de los que ya hace eco la prensa yanqui, el New York Times y el Washington Post, para ser claros, o van a aprender con dolor la diferencia de nosotros los pobres con nosotros los proles, que ahora los escándalos se hacen internacionales en un abrir y cerrar de twitter.
En el priísmo cundió el peñanietismo, incontenible como contagio colectivo de pie de atleta en regaderas de gimnasio de pelados: alianzas en los estados y en el Congreso federal; todos con Peña Nieto, todos con el inexistente Grupo Atlacomulco que no hace falta que exista mientras resucite políticos, vitamine ambiciones, conceda deseos, respalde prospectos.

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