La Feria / Sr. López

Violencia por encargo
Algunas reflexiones sueltas, de perezosa tarde dominguera, sobre el tema más a la mano: las protestas magisteriales y los desafueros estudiantiles.
Hasta 1968, en el país, la protesta social estaba criminalizada en todas sus presentaciones: manifestación, marcha, huelga, mitin, plantón y hasta el simple discurso de inconformidad, eran atendidos a garrotazos y rematados con  dirigentes encarcelados-desaparecidos-asesinados; y la oposición, domesticada.
Después y hasta el 10 de junio de 1971, uno de los beneficiarios directos del 68, Luis Echeverría, intentó reinstalar -otra vez en su provecho- el viejo estilo y permitió-provocó la marcha de ese Jueves de Corpus, que terminó con lo que llamamos “el Halconazo” y sus 120 muertos, muchos más que los sacralizados del 68.
A partir de ese día, el gobierno decidió tolerar cuanta expresión individual o colectiva de inconformidad se presentara, aprendiendo rápidamente a mediatizar y a instrumentalizar en su beneficio la protesta, ¡oh, sí!: 400 Pueblos, Panchos Villas, Peje reformazo, Peje zocalazos y ezetaelenazo incluidos (lecturas recomendadas: “El Fantástico Mundo de la Entomología Perredista”, editorial Las Ligas, no deje de leer el capítulo dedicado a René Bejarano; de la colección “Biografías Selectas de Parásitos, Chantajistas, Listos y Vividores”, editorial El Magisterio, no se pierda los tomos dedicados al Peje y los “líderes del 68” -la mayoría, no todos-; aparte, consiga le cueste lo que le cueste, de la editorial El Catolicazo, el libro “La increíble y alegre historia del subcomediante Marcos”; y para apreciar el refinamiento de la mediatización de causas originalmente incuestionables, de la “Biblioteca Breve de Indignos y Tontos”, de la editorial Sociedad Civil, S. de R. L., el tomo dedicado a la candidatura al gobierno del D.F. de doña Isabel Miranda de Wallace, es delicioso).
Ahora, el país realmente está partido en dos, por un lado, los que consideran válido extorsionar al gobierno atropellando los derechos de la ciudadanía en   defensa de sus intereses, legítimos o no (caso práctico: Oaxaca y ulises ruiz); y por otro, los que aparte de la legitimidad de los reclamos, sostienen que la premisa para resolver cualquier asunto es que se dirima sobre el piso parejo de la ley, la misma para todos. En esta esquina, los que exigen respeto sin respetar nada; en esta otra, los inermes que piensan que debe respetarse la ley para respetarnos todos. En una orilla el que asume que está exento de la obligación de sujetarse a la ley en nombre de su versión personal de la justicia (la jungla); enfrente, el que se somete a la ley aunque no  consiga la justicia que espera (el estado de derecho).
Posiciones encontradas que suelen derivar de varios sexenios acá, en absurdas “mesas de negociación” (invento priísta) a las que se presentan, unos, con garrote,  a que se les dé la razón, y otros -las autoridades- a otorgarla así haga falta torcer, manipular, cambiar o ignorar la ley. La sinrazón frente a las razonadas sinrazones, no raramente, para mutuo beneficio inconfesable.
Michael Löwy, el afamado sociólogo y filósofo franco-brasileño, ha dicho que en  México (no es cita literal), nuestra oligarquía cuenta con el más perfeccionado sistema de control de movimientos sociales; cierto, pero no sabe don Löwy, que no pocos de esos “movimientos sociales”, los organiza, financia, fomenta y dirige  la propia autoridad, esa misma a la que la turba le lleva serenatas de mentadas de madre, al pie de su balcón, ignorante de los arreglos en lo oscurito de sus propios  líderes con los insultados, que nunca pierden… a ver deme un caso en que sí, piénsele; jamás se le ha meneado un pelo a nadie del poder a petición popular. Jamás. (Caso práctico: Oaxaca y ulises ruiz; otra vez).
Actuaron y actúan así nuestras autoridades, entre otras cosas, por el pragmatismo de moda, y porque se ha instalado el cinismo como conducta socialmente aceptada; el mero concepto del deshonor, causa risa lejos de oprobio y los gobernantes se permiten no honrar sino como excepción sus compromisos, calificar el apego irrestricto a la ley como dogmatismo fundamentalista de principiantes, pues todo es relativo en moral y especialmente en política; por eso actúan sin pudor y sólo según lo circunstancialmente conveniente a ellos y sus intereses, haciendo siempre lo más rentable o lo menos incómodo.
Llegados al límite de lo tolerable, pues ya afecta sus intereses y los del imperio internacional del dinero, el gobierno actual -Peña Nieto & Cía.- está permitiendo todo, hasta que la sociedad se aprenda la lección y deje de llamarlo represor por aplicar la ley como hizo el 1º de diciembre, pues efectivamente los policías abusivos deberían estar en la cárcel, claro, pero los “manifestantes” malhechores que cometieron desmanes, también, en vez de que la Asamblea del D.F. (controlada por el PRD), modificara la ley para conseguir la inmediata libertad de los públicamente, delincuentes.
Alegan los violentos -y aciertan- que respetando la ley, los Luises seguirían en Francia, los Romanoff en Rusia y los hacendados en México; así es, pero quien rompe la ley para imponer un ideal, un nuevo concepto de la cosa pública o su interés personal o de clase, acepta que juega todo a esa carta y que si no triunfa queda en delincuente, va a la cárcel o reposa en el cementerio su derrota; y sólo si triunfa, es prócer, héroe, revolucionario y hasta acaba en estatua. Hay que tener el valor de aceptar la disyuntiva: seguir el camino del enfrentamiento violento del “status quo”, no permite matices: delincuente o héroe, bandido o revolucionario, loco o mártir, ficha policial o biografía en la historia, cadáver de fosa común o embalsamado de monumento. Y precisamente esa disyuntiva no se plantea en la violencia magisterial en Guerrero, Michoacán, Oaxaca, la UNAM, la Universidad de la Ciudad de México. No confundamos arrojo, con  maniobra de malandrines, estallido social, con violencia por encargo.
Después y hasta el 10 de junio de 1971, uno de los beneficiarios directos del 68, Luis Echeverría, intentó reinstalar -otra vez en su provecho- el viejo estilo y permitió-provocó la marcha de ese Jueves de Corpus, que terminó con lo que llamamos “el Halconazo” y sus 120 muertos, muchos más que los sacralizados del 68.

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